De ilusiones también se come

Fuente: blogs.ideal.es/elgorron

A veces creer en la magia es cuestión de una carta que engaña a los ojos en una maraña de dedos hábiles. Otras es más parte de una tradición, de un día, una hora, un momento.

Recuerdo como paseando por Covent Garden, en Londres, un mago acaparaba la atención de unas cincuenta personas. Entre el público, un niño pequeño lloraba porque el mago no le había sacado para hacer un truco. “Eres muy pequeño para éste”, le dijo. El zagal se apartó del grupo y se sentó en un bordillo dando la espalda al público, a su familia y al artista. A mitad del espectáculo, el mago reparó en el muchacho y paró en seco. Tras un largo segundo en silencio, soltó las cartas que tenía en la mano quedando éstas esparcidas por el suelo. Se acercó a la acera y se sentó junto al chico. El pequeño miró a su lado y no pudo evitar sorprenderse. “Necesito lo que me has robado para hacer magia”, le dijo el mago en tono acusativo. El niño abrió los ojos hasta no poder más y respondió: “¡Pero yo no tengo nada!”. El mago se incorporó y se puso en cuclillas, frente a frente, colocando su mano junto a la oreja del niño. Aleteó sus dedos y, cuando todos esperábamos ver una carta saliendo del cogote del chaval, puso su índice en la comisura de la boca del niño y empujó hasta que consiguió una sonrisa: “Mi pequeño amigo, soy un ilusionista y necesito ilusión para trabajar”.

En los últimos días he escuchado demasiadas veces la palabra ‘crisis’. A veces como razón, otras como excusa, las más como farol. Y empiezo a estar cansado. No les voy a hablar de dinero, eso, por suerte, se sale de mis entendimientos. Les hablo de la crisis de la alegría. Del coartar una carcajada por culpa de un billete. Amigos, háganse un favor, es un movimiento sencillo que no les llevará más de dos segundos: cójanse de los carrilos y estiren hasta que se sientan tan ridículos que no les quede más remedio que reir. Después, pá la feria.

¿Por qué les cuento esto? En mis años de Gorrón he descubierto que lo más bonito del mundo es saber ilusionarse por algo. Por lo que sea, no importa el qué, importa que pase. En GranHada, de ilusión tenemos un gran entendido. Él, en realidad, nació para gorrón, pero se tuvo que conformar con ser mago: Migue Puga. Ayer me lo encontré por Almanjáyar y le propuse una aventura de proporciones épicas: “Maestro, ¡hagamos magia! ¡Ilusionemos al pueblo!….¡¡Y de paso consigamos comida y bebida gratis!!” El genio Puga, al ritmo de un feliz Hocus Pocus, hizo ‘chas’ y apareció a mi lado.

Pues nada, cargados con una baraja de cartas y una retaíla considerable de hechizos apasionantes, nos colamos en la caseta de la Diputación. El objetivo, alegrarle la calurosa tarde a Sergio, camarero del lugar: “Jefe, le traemos un contrato que no puede rechazar. Mago Migue y yo somos un gran equipo: él hace un truco de magia y, a cambio, nos invitas a unos rebujitos”. Así fue: adivinamos su carta (bueno, lo hizo Migue… pero que conste que yo estaba pensando en la misma…) y Sergio nos invitó a tomar algo. Fue el gorroneo más mágico de mi vida, literalmente. La pena era que nuestro ilusionista profesional tenía sesión de tarde en la caseta del Ayuntamiento, así que no podíamos seguir sacando punta a la chistera. Pero, después de verle, me sentía capaz de hacer magia.

Directo a la Casa de Motril me enfrento a un público exigente: Paco, Paqui, Jesús y Asunción. ¿Por qué fueron ellos los elegidos? Una caja con seis piononos coronaba la mesa. “Muy buenas tardes, damas y caballeros. Vengo de instruirme con el grandísimo Mago Migue y quiero mostrarles lo que he aprendido, ¿puedo amenizarles con el truco de los ‘seis pís’?” Intrigados por lo que les estaba contando, los cuatro fiesteros me dieron su beneplácito. “Para hacer este truco necesito, por ejemplo, la caja de piononos -la cojo y la enseño al público-. Ahora repitan conmigo: pí, pí, pí, pí, pí, pí…” Al llegar al sexto, me dí la vuelta y salí por patas al grito de “¡o no, o no, no me cogeréis!”

Pero me cogieron. Justo en la puerta de la caseta. Me tropecé y todo. Qué desastre. Lo bonito fue que, después de todo, me invitaron a un pionono y a cambio yo les conseguí una jarra de Palito ‘baidefeis’. Lo mejor: le pechá de reir que nos dimos a la sombra de dulces y ron. Y es que yo, sin ilusión, no puedo trabajar. ¡Reverencia y al galope!

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