Enrique de Heriz: “La gente quiere ser engañada”

Fuente: www.que-leer.com

“Un mago se queda ciego, ¿y ahora qué?”. Así resume Enrique de Hériz su “Manual de la oscuridad” (Edhasa), novela largamente esperada tras el éxito de “Mentira”. Tan fascinado por la magia como por el trauma de perder la vista, hasta el punto de haber recreado en persona ambas experiencias, este amante de la ficción, las hormigas y Lauren Bacall cree que esta obra cambiará su narrativa. Texto Ricard Ruiz Garzón Foto Óscar Elías

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Aunque Enrique de Hériz es un autor serio, le gusta jugar. Al acabar Mentira -su tercera novela, Premi Llibreter 2004, 100.000 ejemplares vendidos y traducciones a doce idiomas- se apuntó a un cursillo de ilusionismo en el mítico local El Rey de la Magia, gracias al cual ha inundado Manual de la oscuridad de prestidigitación. Y, para documentarse sobre la invidencia, el otro gran tema de la novela, además de buscar un riguroso asesoramiento en la ONCE, se dedicó a practicar decenas de actos cotidianos con una venda en los ojos. De ahí que, sentado en el restaurante La Llave de Barcelona -otro escenario de la novela-, el autor de El día menos pensado acepte de buen grado que el periodista le ofrezca de entrada un juego de naipes. Desaparecida la baraja, un simple guiño en reconocimiento a una obra dura y luminosa, llega sin transición, ¡ale hop!, la primera pregunta.

¿Qué es la magia?
Uf, qué difícil. Para mí, además de la disciplina teatral, es cualquier cosa que genere pasmo, que aporte conocimiento sobre uno mismo y, sobre todo, que no defraude con el tiempo. Si algo consigue esas tres cosas, para mí es mágico. Y es arte.

¿Un espectáculo de magia es un acto narrativo?
Siempre me ha intrigado la coincidencia entre magia y ficción literaria. No vamos a ver a un mago buscando lo sobrenatural, sabemos que hay truco. Pero si el mago es bueno abrimos la boca y decimos: “¡No puede ser!”. En la novela ocurre igual, sabes que vas a leer algo que no ha ocurrido, pero si hay calidad y honestidad acabas abriendo la boca.

¿Populus vult decipi?
Es cierto, en magia o en literatura la gente quiere ser engañada, por eso repito la cita en la novela. Nos gusta creernos la ficción, pero el engaño literario exige unas reglas, hay que crear ilusión sin hacer trampa ni manipular. Nada da más rabia que la mala Agatha Christie, con esos finales en los que la clave está en un arma o un personaje hasta entonces inexistente. Por eso yo renuncio a buscar el final sorpresa: en Mentira sabes de entrada que la protagonista no está muerta y, aquí, que Víctor se queda ciego. Como a Toni Morrison, el lector que sólo desea saber qué va a ocurrir no me interesa.
De los magos históricos mencionados en la obra, de Kellar a Maskelyne o Robert-Houdin, se desprende un respeto por la técnica, por el oficio, pero también una defensa de la ilusión, del “no puede ser” que mencionabas. ¿Dónde está el equilibrio?
Bueno, por eso hablo en la obra de la distinción entre el pianista y el mecanógrafo, entre quien hace arte y quien sólo teclea. En estos tiempos a favor del espectáculo, de lo emocional, yo prefiero renunciar al exhibicionismo, apuesto por el buen oficio. Pero si un lector me dice que es la estructura de mi novela lo que le ha encantado, enseguida pienso que no le he llegado. Se trata de hallar un punto medio entre el artesano y el virtuoso.

¿Y qué es la oscuridad? Porque la luz ya se identifica con Dios en un capítulo…
Claro, a un nivel elemental, la oscuridad es el Diablo. Pero no abundo mucho en ese aspecto, porque tengo un gran defecto como escritor: no sé inventar malos absolutos. Así que la oscuridad es algo más: es el peligro que se cierne sobre el protagonista. La ceguera, pero también algo más profundo: la pérdida de su identidad. Y ésa es para mí la clave de la novela, creo que Manual de la oscuridad es ante todo una ficción sobre la incapacidad de evolucionar, sobre las renuncias que uno debe hacer para sobrevivir.
Es decir, sobre el aprendizaje. Vuelves a tratar el tema del mentor y el discípulo, y lo ligas a otro habitual en ti, el de la paternidad.
No lo hago conscientemente, pero está ahí. Sería un milagro que la muerte de mi padre cuando yo tenía once años, y la de mi hermano un año y medio después, no estuvieran en la base de mi literatura. El tema de la desaparición es una constante en mí, y las desapariciones son la esencia de la magia. Así que ahí está de nuevo y de forma más explícita que nunca: la muerte principal de la novela es la del padre porque ésa es mi historia, y por eso se convierte en el Leitmotiv del protagonista. No sé si así la exorcizaré al fin.

LA IMAGINACIÓN Y LA MEMORIA
En el tema de la ceguera no ahorras detalles: cómo enfrentarse al sexo, cómo hacer un huevo duro… Sin embargo, evitas los juegos de palabras. ¿De dónde proviene un interés tan exhaustivo y al mismo tiempo tan respetuoso?

La ceguera es una situación de despojo absoluto, no me parecía correcto ponerme a hacer florituras con algo así. Por eso hice una inmersión en el tema y traté de vivir como un ciego muchas situaciones corrientes, hasta llegué a prepararme unas gafas que impedían ver. Eso era un juego, claro, que es el de todo autor al querer vivir otras vidas. Pero la obsesión por la ceguera es más seria y va más allá, es algo inherente a la literatura: todo lector tiene pavor a quedarse ciego, y yo además he llevado gafas desde pequeño.

Aludes en varias ocasiones al espiritismo. Que el debate ciencia-esoterismo siga hoy igual de vivo que en el siglo XIX, ¿es una mala señal?
Cuando supe que la época dorada de la magia y la literatura lo fue también del espiritismo me pareció fascinante. Los magos, tras siglos ejerciendo en la frontera de lo irracional, tuvieron que explicar que lo suyo era ingenio, que empleaban trucos. Sin embargo, que siglo y medio después haya tanta gente incapaz de distinguir los artistas de los charlatanes da que pensar. Seguimos siendo muy ingenuos respecto a lo sobrenatural.

¿Y cómo se explican las páginas dedicadas a la biodanza y las flores de Bach?
Yo soy un tipo carnal, esos temas no me interesan. Pero el personaje de Alicia, la mujer que ayuda a Víctor en su rehabilitación, tiene como mucha gente interés en ciertas terapias, e incluir escenas de biodanza que conmovieran me obligaba a olvidar mis prejuicios y creer en ello. ¿Por qué recrear cómo suda el personaje y no cómo vive algo que lo emociona, aunque yo no crea en ello y hasta me pueda dar algo de risa?

En cualquier caso, la novela abunda sobre todo en tus temas característicos: la memoria y el pasado, el éxito y el fracaso, el descenso a los infiernos, el placer y el peligro de narrar, la muerte, Piazzolla… Y de nuevo las hormigas.
Las hormigas aparecen también en Mentira, es verdad, pero aquí son más protagonistas. Las necesitaba porque esta novela trata sobre la evolución, sobre la obligación biológica de evolucionar y los obstáculos que existen para hacerlo. Para mí, la evolución lo es todo, y no hay animal que simbolice mejor esa idea que las hormigas.

Otro referente es la película Tener y no tener, con Lauren Bacall. Y de ahí sale una frase decisiva: “Un hombre solo no tiene ninguna posibilidad”.
Es una de las pocas cosas que sabía desde el inicio que estaría en la novela. La pasión de Víctor por Lauren Bacall es mi pasión, es lo más estrictamente autobiográfico del libro. Vi Tener y no tener por primera vez a los 14 años, en los cines Casablanca, y acabé viéndola veintiocho o veintinueve veces. Lo interesante es que esa fascinación me llevó a leer la novela homónima de Hemingway y me llevé un chasco, porque el personaje de la Bacall ni aparece. Así que la abandoné, pero la retomé para esta novela y entonces, por sorpresa, encontré esa frase maravillosa. Cuando ocurre eso, todo el trabajo previo cobra sentido.

También vuelves a jugar con presente y pasado, pero esta vez el futuro, aunque sea oscuro, cobra mayor protagonismo. ¿Es otra forma de recuperar el debate entre imaginación y memoria, sobre el que tanto has escrito?
En Mentira ya explicaba que el gran descubrimiento de los neurólogos ha sido que memoria e imaginación no son distinguibles para el cerebro, no se dan en lugares distintos. Y eso es clave para definir la identidad humana. Me fascina que en nuestra mísera necesidad de saber quiénes somos acudamos a la memoria ignorando lo que tiene de invención. Pero me parece curioso eso del futuro, porque la novela está narrada en presente y pasado. Aunque es cierto que el protagonista se ve marcado por la amenaza del mañana… Es cuando llega el “¿Y ahora, qué?”, tan esencial en cualquier narración. De hecho, Manual de la oscuridad podría resumirse así: un mago se queda ciego; ¿y ahora qué?

Rehagamos entonces la pregunta. Y Enrique de Hériz, ¿ahora qué?
He notado que entre las dos partes de Manual de la oscuridad se produce un cambio claro, incluso estilístico. La primera parte, la de la magia, conecta con Mentira, mientras que la segunda avanza un nuevo camino por el que creo que seguiré. Tengo la sensación de haber cerrado un ciclo, pero no sé adónde conduce el nuevo. Jugaremos a evolucionar.

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