No eres nadie, Harry Potter

Fuente: www.elcorreodeandalucia.es

Si Merlín o el mismísimo Harry Potter hubieran vivido en Sevilla, lo habrían hecho en Los Remedios, barrio de culto y emblema de los cerca de 100 magos sevillanos que, además de una varita mágica, poseen un carné que acredita sus poderes o –para los más escépticos– sus conocimientos de magia.

A falta de una academia para magos, el bar Magia y Música (Virgen de Guaditoca, 5) es lo más parecido a la Escuela Hogwarts concebida por J.K. Rowling para su best seller. Hasta él acuden cada fin de semana magos de todas las edades para hacer lo que mejor saben: desafiar las leyes de la física y dejar boquiabiertos al resto de los mortales.

De esto, y de que la magia continúe viva en Sevilla, tiene parte de culpa Mario Sánchez Pérez, psicólogo y profesor universitario tras el que se esconde Mario el mago, que ha inspirado a varias generaciones de ilusionistas y que es el alma del Magia y Música. Descubrió su otro yo a los 16 años y su único secreto es “creer para que los demás crean”, dice tras hacer desaparecer por tercera vez un revoltoso as de picas que insiste en acabar en el bolsillo trasero de su pantalón.

Para ser mago hay que tener un don pero también “hay que estudiar mucho”, advierte Javier Benítez, director creativo de una agencia de publicidad que, a tiempo parcial, es también Chango, uno de los 45 magos de todo el mundo que forman parte del exclusivo club de la Escuela Mágica de Madrid. Chango preside la Asociación Mágica Sevillana (www.seisevilla.org). En ella, también en la Asociación Magia y Música Copyleft, los aspirantes a magos dan sus primeros pasos y acuden a clase antes de someterse a un duro examen –con un tribunal de notables y todo– que pone a prueba sus dotes y su afición.

La magia made in Sevilla toca todos los palos (de salón, infantil, cómica,…) aunque la cartomagia es la especialidad de la tierra. Las rápidas manos de la maga Irene dan fe de ello aunque ella –que ha arrastrado al mundo de lo femenino el vestuario y la puesta en escena– se ha iniciado ya en las grandes ilusiones y se ha empeñado en hacer levitar un bastón o transformar en auténtica una flor de papel.

En la chistera, junto al socorrido conejo, los magos guardan siglos de sabiduría que han ido heredando generación tras generación. El mayor de los secretos: la ilusión por regalar unos minutos de fantasía y ¿por qué no? arrancar algún que otro aplauso al respetable.

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