El mago que no escondía nada

Fuente: www.elcorreodigital.com/alava

Un ilusionista bilbaíno que viajaba a Las Vegas es detenido en un aeropuerto de Nueva York y devuelto a España por haber visitado campamentos saharuis

Agustín Villagra Calvo sabe mucho de trucos y de cómo un viaje a Las Vegas en compañía de seis amigos puede acabar convirtiéndose en un auténtico infierno… por arte de magia. A este vecino de Rekalde de 51 años, el paso por la aduana de un aeropuerto norteamericano le ha quitado las ganas de cruzar el charco en mucho tiempo. Y todo por culpa de su compromiso solidario que le ha llevado a los campamentos de refugiados saharauis en Argelia y de un pecado de juventud cometido nada menos que en 1971.

Todo empezó el 17 de enero cuando Agustín, miembro de la Asociación Vizcaína de Ilusionismo, embarcó en el aeropuerto de Bilbao rumbo a Las Vegas, «el templo de la magia», donde tenía pensado pasar seis días con tres parejas de amigos viendo en directo a los herederos de David Copperfield y empapándose del espíritu de la ciudad que nunca duerme. «Llevaba 5 años preparando el viaje y encima fui yo quien les embarcó en esta historia», relataba esta semana todavía con una mueca de disgusto.

Las cosas no tardaron en torcerse. Nada más llegar al aeropuerto parisino Charles De Gaulle, los agentes del primer control repararon en los sellos argelinos del pasaporte de Agustín, que testimoniaban un par de viajes efectuados al norte de África para entretener a la población refugiada de los campamentos de Tindouf. El ilusionista viajó allí en dos ocasiones, en 2006 y 2007, de la mano de la asociación Saharakide y con el apoyo del Ayuntamiento de Mungia. «Hacía para ellos espectáculos de malabares y globoflexia, además de sesiones de magia y talleres de animación».

Semejante currículum no hizo muy felices a los policías galos, que le apartaron de su grupo, le interrogaron, cachearon y dejaron en pantalón y camisa. Pero Agustín tiene fe en el género humano y atribuyó todo este despliegue a «un control rutinario y aleatorio», un ‘numerito’ de esos que engrosan el capítulo de las anécdotas y que al regreso de un viaje alimentan las tardes de sobremesa con los amigos. Craso error. Volvió con sus compañeros ajeno al aviso que en ese momento las autoridades francesas enviaban a sus colegas del aeropuerto de Newark, donde el avión que le trasladaba a Estados Unidos tenía prevista su llegada nueve horas más tarde.

«Seis mastodontes»

«La pesadilla comenzó en cuanto se abrieron las puertas, cuando nos pidieron a todos que saliéramos con el pasaporte en la mano. Allí plantados había seis policías, tres de uniforme y tres de paisano, que nada más verme se despreocuparon del resto y me apartaron del grupo. Eran seis mastodontes -relata Agustín, aún angustiado- que me llevaron por todo el aeropuerto hasta el CBP, una sala de interrogatorios atestada de gente de otras nacionalidades. Me esperé lo peor».

El interrogatorio no se hizo esperar. «Un policía mexicano, un tal L. Mejía, hizo de intérprete. Abrieron el pasaporte por la página donde estaban los sellos de Argelia. Que quién me había pagado el viaje al Sahara, el nombre de las asociaciones que ayudan a los refugiados, los responsables de esos grupos; que si había armas en los campamentos, gente de uniforme; que qué estudiaban los niños…» Agustín trataba de aclarar que no escondía nada, ni por delante ni por detrás. «Ni saben lo que son los campamentos saharauis; sólo hay niños y ancianos en condiciones durísimas. Los jóvenes, o hacen la mili con el Frente Polisario en una franja de desierto arrebatada a Marruecos o van al extranjero a estudiar».

Sus explicaciones no parecían convencer a nadie, y eso durante dos horas y media de interrogatorio. Agustín, solo, sin asistencia legal -«me dijeron que podía llamar al consulado español en Nueva York, pero que no me iba a servir de nada, que me mandaban e vuelta a España»- y atacado de los nervios, pendiente únicamente de que los policías sacaran un conejo de la chistera y lo empapelaran. «Me dijeron que en la declaración jurada, como me pillasen en falta me enviaban a la cárcel». Y Agustín, como un flan. «No me sentía nadie ni nada, sin derechos, una indefensión total… Tenía que haber llamado al cónsul, pero estaba tan acojonado que me bloqueé».

36 años después

Y la liebre saltó por donde menos se lo esperaba. «Cuando tenía 15 años, embarqué en un mercante como ayudante de cocina, después de años interno y con problemas en casa. Me tiré seis meses navegando hasta que el barco atracó en Richmond, Virginia, y decidí quedarme allí». Agustín tomó la decisión sin pensarlo, se empleó en un restaurante que regentaba un gallego y decidió que ése era un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar de nuevo. Claro que se le olvidó un detalle. Era un inmigrante ilegal y, cuando llegó a la conclusión de que eso tampoco era lo suyo, se entregó a las autoridades de Inmigración, que le devolvieron a España en otro barco. «Me dijeron que tenía prohibida la entrada en el país durante veinte años. ¿Pero han pasado 36! ¿Cuando estaba allí era presidente Nixon y estaban en plena guerra de Vietnam! No tengo antecedentes de ningún tipo. ¿De qué va todo esto?».

Durante el interrogatorio, los agentes ficharon a Agustín, le tomaron las huellas dactilares… «Cuando hicieron las fotos y me quité las gafas, empezaron a reírse de mí -el bilbaíno perdió hace años en una sokamuturra infantil la visión de un ojo y quedó con secuelas en el otro-. Nunca me había sentido tan humillado. Eso sin olvidar que no pude contactar con mis amigos hasta el día siguiente», ya en Bilbao, después de 29 horas de viaje «que no le deseo ni a mi peor enemigo».

Porque Agustín, efectivamente, fue devuelto de nuevo a París y de allí a Loiu. «Perdí el viaje, pero ya me da igual; hasta esa ilusión me han quitado. Tengo una amiga que enseña Derecho Penal y que ha consultado con otros abogados. Todos coinciden en que no hay nada que hacer con los aduaneros americanos, que es mucho dinero y mucho tiempo». Sus amigos regresaron el pasado domingo. «Me han dicho que no es para tanto», dice con un mohín mientras contempla las tarjetas de embarque que dan fe de ese calvario de 29 horas a uno y otro lado del Atlántico. Ida y vuelta así, por arte de birlibirloque.

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